Baño
Por Minnie Bruce Pratt- Extraído de: Minnie Bruce Pratt S/HE. Firebrand Books, EE UU, 1995. Traducción de Mauro Cabral.
Rodead*s por los campos labrados, en nuestro camino hacia el Festival de Música de Mujeres de Michigan, nos detenemos tod*s a almorzar en Mc Donalds, haciendo la fila para pedir emparedados de pescado, turnándonos para ir al baño. Soy la última en ir y me paro frente a las dos puertas. Los signos parecen claros, las piernas usuales con falda o pantalón, pero de pronto estoy confundida. ¿Cómo voy a elegir, considerando con quiénes estoy viajando?
Uno de ell*s es un hombre de baja estatura, barba, voz profunda, pecho chato, que está vestido con pantalones y saco jaspeado, que nació mujer, pero que ahora vive y funciona en cada aspecto como hombre, un hombre transexual blanco. Otr* es una mujer alta y enjuta, con una voz suave y maneras modestas, con pechos pequeños bajo su rompevientos, una mujer que nació hombre, que ahora vive cada día como mujer, una les biana transexual blanca que nos está llevando hacia nuestro campamento, hacia las tiendas y las fogatas. Y tú, con tus jeans y remera banca, entre hombre y mujer –siempre has estado en el medio, toda tu vida.
Puedo adivinar que entraste al baño de hombres, puesto que usas cualquier baño que sea el más seguro en el momento, del que sea menos probable que te echen si alguien piensa que no encajas en la imagen de la puerta. Puedo adivinar qué baño fue elegido por cada un* de mis compañer*s de viaje. Pero después de nuestras conversaciones durante la larga travesía, siento que podría cruzar cualquiera de ambas puertas. El hombre, que me recuerda a mi encantador primo mayor, había hablado de su empleo anterior, el pesado trabajo en las líneas telefónicas, cuando vivía como les biana butch. Había hablado de su vida actual como escritor y editor, un activista por los derechos transgénero. La mujer, cuya energía a flor de piel y su modo de hablar me recordaba a mis tías, habló de los momentos aterrorizadores que había pasado en el momento de entrar a baños. Del padre que la observaba cuando ella entró tras su pequeña hija. ¿Vio él de pronto pervertido? Dije, sin decir más, que yo conocía algo de ese momento de temor: las veces que me había parado en una autopista, con manos apretadas, del otro lado de aquellos signos aparentemente simples, esperando que no salieras ensangrentad* del baño de hombres porque alguien decidió que eras demasiado rar* como para ser un “hombre de verdad”. Las veces que me había parado frente a espejo mientras me lavaba las manos entre las mujeres abriéndose paso a empujones, viéndome a mí misma como algo grotesco, alguien a quien no podría reconocer como una mujer “de verdad”.
Titubeo entre los dos signos. El último restaurante en el que estuve tenía puertas enfrentadas, con máscaras de yeso. Una, una tersa cara negra, con cabello ondeante, era hermosa como una modelo de tapa de revista, presumiblemente una mujer. La otra era una cara que rechinaba sus dientes y sonreía, un sátiro, un diablo, presumiblemente un hombre. Los signos me decían claramente que el problema es: no dónde están los genitales de cada quién, sino qué valores les añadimos. Hoy los signos presentan mis elecciones –falda o pantalón. No hemos llegado todavía a nuestro destino, un campamento transgénero más allá de las puertas de la tierra de las mujeres. Allí, todas esperan descubrir al otro según quiénes elijan revelar su sexo y género. Pero, aquí, tengo sólo dos opciones. Con mis sandalias y mis jeans muy gastados, empujo la puerta que dice “falda”.